Seguridad raptada

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En sociedades individualizadas que rompen y descuidan las redes y nexos próximos y  donde los vecinos dejan de ser una ayuda para convertirse en una posible amenaza, la percepción de riesgo se dispara, independientemente de si el entorno entraña peligros reales o no.

A muchos niños y niñas con edad suficiente para montar en bicicleta o navegar por internet, no se les permiten salir solos fuera de su casa ni un minuto. Dejar a las criaturas fuera del férreo control paterno se hace insoportable para quienes ven peligros tras cualquier esquina. Los medios de comunicación contribuyen a orquestar un clima de peligro extremo que prende en las redes sociales, fluye sin control por los grupos de what’s app de las familias y se encarna en miedo visceral.

Un simple bulo hace saltar las alarmas y genera un estado de excepción al que todo el mundo contribuye hasta llegar a la conclusión de que niñas y niños deben permanencer siempre bajo control adulto. Una nueva vuelta de tuerca a su ya menguada autonomía. En muchos colegios ya no sirve el permiso paterno para poder salir sin compañía adulta, incluso con los alumnos de los últimos cursos de primaria. La policía vigila el entorno de los centros educativos alimentando las sospechas y las administraciones lanzan recomendaciones para que junto a un pequeño haya siempre un adulto vigilante y, añado yo, aterrorizado.

Para que nadie rapte a los niños, hemos decidido que cada familia rapte al suyo propio. Y cada vez más aislados, dependientes, sin referencias ajenas a la familia, sin conocer su entorno y alimentados de desconfianza, los niños quedan en una situación realmente vulnerable ¿Qué sucede si un día le pasa algo al adulto de referencia? ¿Qué pasa con aquellos que sufren violencia dentro de su hogar?

El miedo desbordante de los adultos ha triunfado frente al bienestar infantil y nadie parece cuestionarlo. Se nos olvida que, como cualquier ser humano, niños y niñas necesitan tiempo y espacio libre para moverse, encontrarse con sus iguales e interactuar con su entorno. Precisan momentos de intimidad donde labrar su propia subjetividad y escabullirse de miradas vigilantes para explorar, medir sus fuerzas, equivocarse y aprender.

Tenemos que contener y poner freno al miedo adulto que ahora fluye sin límites arrasando el derecho básico de niñas y niños a poder crecer en libertad. El aislamiento, la desconfianza y la sobreprotección no generan seguridad sino todo lo contrario. Estos ingredientes son poco recomendables para una sana crianza, ya que no les permite que desarrollen sus propios recursos y habilidades, quedando sin referencias externas a la familia a las que acudir si lo precisan.

Desde la familia, la sociedad, los medios de comunicación o la Administración debemos empezar a tomarnos en serio esto de la autonomía infantil, confiar más en las capacidades infantiles y responsabilizarnos activamente en el cuidado de cualquier niña o niño de nuestro entorno. Precisamente, la presencia infantil libre en la acera o en el barrio, apela a cualquier persona adulta a tener un comportamiento ciudadano y a interesarse por su comunidad. Como dice Francesco Tonucci “Un niño acompañado es un asunto privado, un niño solo es un asunto colectivo”. La seguridad se conjuga en plural, contando con niños y niñas, y nunca a costa de su autonomía y libertad.

Marta Román Rivas

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