“A mi hija usted no le dice nada”

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Hace no mucho iba en metro y entró en mi vagón un padre con dos niñas de unos 6 y 8 años. El vagón estaba abarrotado y las niñas se pusieron a jugar dando vueltas a una de las barras de sujeción. El metro se movía, las niñas se reían y en algún traquetreo caían sobre los pasajeros que iban sentados frente a la barra, quienes miraban atónitos al padre para que frenara a esas criaturas. Era una escena curiosa porque nadie se atrevía a decir ni hacer nada, a pesar de los pisotones que daban esas dos pequeñas mientras el padre miraba satisfecho ese momento de juego infantil.

Estuve a punto de pasarme de parada para ver cómo se desarrollaba la cosa y poder hacer un comentario en alto, pero tenía una cita y tuve que abandonar el vagón sin ver concluir la escena.

En el metro lo más habitual es ver a niños cuyos padres extreman el cuidado para que no molesten a otros viajeros. Una actitud muchas veces exagerada, ya que no les dejan moverse lo más mínimo, lo que hace de su viaje en metro un trámite insoportable para la propia criatura y para quien tiene que contener sus energías. Pero cuando sucede que el adulto no pone freno, la gente se siente intimidada porque no sabe cómo responder a la espontaneidad infantil.

Debería ser posible que quienes eran pisados o vapuleados por las niñas, se hubiesen dirigido a ellas directamente y les hubieran puesto algún límite: “Podéis jugar mientras no me piséis” o “Niñas, por favor, con el vagón tan lleno igual tenéis que jugar a otra cosa menos movida.”  Eso es bueno para las niñas que aprenden convivencia y para el mundo adulto que aprende o, mejor, recuerda la necesidad imperiosa que tienen niñas y niños de moverse y jugar.

Pero con ese canal roto de relación, el trato con esas niñas privatizadas se vuelve casi impensable. Las tiernas criaturas se convierten en seres temibles porque nadie  se atreve a interactuar de forma directa con esas niñas desatadas, ante el temor de que el padre ejerza su poder y diga: “Usted a mi hija no le dice nada”. La patria potestad entendida como referencia única para hijas e hijos es un pobre y nocivo legado para ellas y ellos y una grieta en el pacto básico de convivencia social.

En la escena vivida todos perdimos algo: las niñas una gran oportunidad de aprender límites; los adultos la posibilidad de interactuar con dos auténticas niñas y asumir una parte de su cuidado; y el padre la oportunidad de dejar espacio y cabida a que sus hijas fueran educadas por personas desconocidas. Yo me perdí el final…

Marta Román Rivas

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