“No me gustan los besos”

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Hace unos meses hice entrevistas a estudiantes de primaria para un proyecto audiovisual sobre la ciudad de Madrid. Visité varios colegios y pude charlar con unos cien niños y niñas. Cuando entraban y salían de la habitación donde se celebraba la entrevista, les saludaba con un par de besos. Hubo un niño que cuando me fui a acercar dio un paso atrás y dijo: “No me gustan los besos”. Frené en seco y me pregunté de dónde vendría esa rotunda afirmación.

Hace unos días recordaba ese momento cuando mi amiga Nuria me comentaba que le han advertido que no debe obligar a sus hijos a dar besos. Hay quien considera que eso puede hacer que los pequeños aprendan a plegarse a los deseos ajenos y sean presa fácil de abusos. Un nuevo consejo o rumor que alimenta la escalada de miedo y paranoia que actualmente rodea a la crianza infantil.

Las normas de educación no solo no confunden o debilitan a las personas, sino que nos sostienen. Crean el marco de convivencia entre extraños y facilitan que nos acerquemos en son de paz. Son cambiantes según las épocas y lugares: un beso, dos, tres, una palmada o un baile. Lo interesante es que son gestos que una comunidad humana establece para aproximarse entre sí y lo importante no es el hecho en sí, sino en que es un acto común, que no depende de cada individuo.

¿Qué es eso de que niños y niñas tengan que manejarse con un código propio? ¿Cómo van a aprender convivencia y que existe “el otro”, si les decimos que únicamente deben estar conectados a sus propios deseos? ¿Cómo puede ser que el legado de las familias sea, precisamente, sembrar la duda sobre las intenciones de las personas que les rodean? ¿Hay alguna forma más estúpida de socavar, beso a beso, la confianza social?

Cada vez que encumbramos nuestra decisión personal frente a manifestaciones culturales colectivas, ponemos una carga de dinamita en los cimientos de la convivencia pacífica. Tal vez creamos, como en este caso, que es algo insignificante, como dar o no dar un beso. Pero es justamente con palabras, gestos y contacto humano con lo que trabamos la amalgama de la confianza y con lo que tejemos el sentido de pertenencia a una comunidad. Eso significa hacer algo que puede que no nos apetezca, nos resulte pesado o nos incomode. Algo que está por encima de nuestros propios deseos.

No besar a extraños no solo no contribuye a prevenir el abuso, sino que es un paso más en la desconexión y el aislamiento infantil. Hay que recordar que los abusos a menores se producen principalmente en el entorno de las personas conocidas y, por lo tanto, carecer de habilidades sociales, no tener referencias ajenas a la familia o nadar en un mar de desconfianza, sitúa a niños y niñas en una posición de mayor vulnerabilidad.

Las normas de educación no son un artificio o un grillete que nos asfixia, son un código que nos ayuda a reconocernos, a tocarnos y a tratarnos y creo que son un buen regalo para nuestros hijos e hijas. Cambiemos las normas, si está en el sentir común, pero espero que no desaparezcan los besos.

Marta Román Rivas

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